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Te contamos la historia de la Virgen de la Bella de Lepe

La Virgen de la Bella, con una historia que comienza en el mar, se convierte en el símbolo de la devoción de Lepe, atrayendo a miles de romeros cada año.

Manuel Bravo Alfaro
Manuel Bravo Alfaro
· 5 min de lectura

Hay historias que empiezan con un naufragio y terminan con una ciudad entera parando su calendario por una imagen de madera. La de la Virgen de la Bella es una de esas. No es una devoción cualquiera: es la que convierte cada mes de mayo a Lepe en un pueblo sin asfalto, solo caminos de arena, carretas y 30.000 romeros dispuestos a acompañarla hasta el mar. Y todo empezó, cómo no, con unos pescadores.

Una imagen que llegó del mar

Cuenta la tradición que a finales del siglo XV, allá por 1484, unos frailes franciscanos paseaban por las orillas de El Terrón cuando una pequeña embarcación se detuvo junto a ellos. Dentro, tres marineros llevaban un cajón. Ni idea tenían los frailes de lo que guardaba aquello, pero cuando lo abrieron apareció una talla mariana tan bien tallada que a alguien se le escapó la frase que le daría nombre para siempre: "¡Qué bella! Es como la del Cielo". Así, sin más ceremonia, nació el nombre de una advocación que hoy sigue moviendo a medio Huelva.

La leyenda de los tres marineros

Esta historia no la inventó nadie el siglo pasado para vender postales. La versión más antigua que se conserva la escribió el fraile Fernando de San José en 1673, casi dos siglos después de los hechos, lo cual explica que suene más a leyenda oral pasada de generación en generación que a acta notarial. Y precisamente por eso tiene ese punto de misterio que ni el mejor guionista sabría fabricar: nadie sabe realmente quiénes eran esos marineros, ni de dónde venían, ni por qué eligieron precisamente esa orilla para detenerse.

De ermita en El Terrón a patrona de Lepe

La talla, obra anónima atribuida a Jorge Fernández, se quedó primero en el Convento de San Francisco del Monte, cerca de la Torre del Catalán, donde los franciscanos llevaban asentados desde 1430. Con el tiempo, los frailes se trasladaron a la ermita de Nuestra Señora de los Remedios y allí levantaron un nuevo convento que, tras el hallazgo de la imagen, pasó a llamarse Convento de Nuestra Señora de la Bella. Cuatro siglos aguantó allí, en El Terrón, hasta que en 1835 se decidió trasladarla a Lepe para evitar que acabara, definitivamente, en el Monasterio de La Rábida. Una mudanza con más tensión política que cualquier telenovela de sobremesa.

Hoy la imagen reside todo el año en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, en pleno centro de Lepe, donde preside la capilla sacramental como quien no quiere la cosa, aunque su historia pese lo que pesa.

El sagrario que le late en el pecho

Aquí viene el dato que suele sorprender hasta a quien ha nacido en Lepe: la Virgen de la Bella es una virgen eucarística, es decir, guarda un sagrario en el propio pecho de la talla. No es un detalle decorativo cualquiera; es una particularidad que la distingue de la inmensa mayoría de advocaciones marianas de España y que refuerza ese vínculo casi físico entre la imagen y la fe que despierta.

Su peso simbólico no se queda ahí. En 1956, el Ayuntamiento de Lepe, por acuerdo unánime en sesión plenaria, le concedió el título de Alcaldesa Honoraria y Perpetua de la villa, hoy ciudad. Y el 13 de junio de 1992 se celebró su Coronación Canónica, con un decreto ratificado nada menos que por el papa Juan Pablo II. Pocas alcaldesas pueden presumir de currículum semejante.

Fiestas que paran el calendario lepero

Cada año, la Virgen de la Bella protagoniza dos citas que en Lepe se marcan en rojo mucho antes que cualquier festivo nacional: la romería, el segundo domingo de mayo, y la salida procesional del día de su festividad, el 15 de agosto. Son dos formas distintas de celebrar lo mismo: que el pueblo entero sale a la calle a acompañarla, llueva, truene o haga el calor típico de un agosto onubense capaz de derretir hasta la fe más templada.

La romería que reúne a 30.000 personas

Durante la romería, la imagen sale de Santo Domingo de Guzmán rumbo a su ermita en El Terrón, trasladada en su carreta de alpaca plateada tirada por bueyes, un detalle que por sí solo ya merecería documental. Llega el sábado y regresa el lunes, y por el camino se cruza con unos 30.000 romeros a pie, a caballo o en carro, que convierten la ruta en una procesión festiva donde caben tanto el rezo como la sardina asada. La tarde del viernes arranca todo con la Ofrenda de Flores, el sábado los tamborileros abren el camino hacia el recinto romero y, ya de noche, se celebra la Puja del Pendón, la insignia que representa a la patrona.

Lo curioso de esta fiesta es que no ha necesitado marketing ni campañas de posicionamiento para crecer. Se ha ido extendiendo generación tras generación, hasta el punto de que en febrero de 2024 se fundó en Sevilla un grupo de fieles dedicado exclusivamente a mantener viva la devoción a la Virgen de la Bella fuera de Huelva, en la Parroquia de San Joaquín, en pleno Triana. Cuando una tradición local salta de provincia sin que nadie la empuje, algo está haciendo bien.

Puede que Lepe no salga todos los días en las noticias de la capital, pero cada mayo demuestra que hay devociones que no necesitan grandes titulares para mover masas: les basta con una imagen que llegó del mar hace más de cinco siglos y un pueblo que jamás ha dejado de esperarla en la orilla.

Manuel Bravo Alfaro

Escrito por

Manuel Bravo Alfaro

Redactor

Firma educación, sanidad y medio ambiente, con un ojo en Doñana y el otro en el parte del tiempo. Le tira la Sierra, el jamón de Jabugo y las causas verdes; madruga para leer expedientes.